#LaPalabraPrecisa

#223

17/08/2018

 

Pegasos

Emilia Vidal

 

 

Un flaco de rompevientos rojo lleva sus caballos por el costado de la 88, acaba de pasar por La Polola. Los animales más jóvenes van sujetos con riendas, detrás los siguen un percherón negro, unos marrones y otros más claros. Cierra la fila una yegua completamente blanca.

A espaldas del flaco se acerca un tipo a paso firme. Una vez que se posiciona detrás de la yegua, se planta en seco y chifla. ¡Parate ahí jodeunagran!, grita.

El tipo le apunta con una escopeta. El flaco de rompevientos rojo levanta las manos despacito sin soltar las riendas. Los caballos esperan.

A unos kilómetros al sur, Manuel le abre la puerta del 147 a su mujer, Laura. Ella tiene los hombros apretados, la boca apretada, el cuello, el ombligo, el bazo también, apretado. Laura se introduce en el auto con un movimiento mínimo y natural como la lengua de los sapos cuando atrapan un insecto. Así se mete y se acomoda en el asiento del acompañante, en donde retoma su postura de nudo. Ella no habla, Manuel sí y a chorro. Además de hablar, él levanta a cada rato la mano derecha para apuntar a su mujer con el índice o enfatizar partes de lo que dice.

¿Pero vos qué te crees? El dedo se mueve como un pájaro carpintero en su sien.

 ¿Qué vas a hacer lo que querés? ¿Eso te crees?

Estás mal vos. Muy mal estás. Hace un meneo corto de cabeza.

Decime, ¿a dónde la viste? Pone las yemas de los dedos juntas hacia arriba varias veces.

¡Harto me tenés! ¡Los huevo al plato me tenés! Ahí su mano hace un huequito y se mueve arriba y abajo, como rebotando.

Laura lo escucha estatua, apretada y muda.

Llegando a La Polola se escucha un cañonazo que atraviesa el aire y un tumulto, algo pesado que crece en volumen desde la tierra. Laura los ve primero, Manuel se encuentra justo clavándole los ojos a ella y parece no escuchar nada más que su propia voz.

Ella se desarma, la vista que tiene delante se le imprime en la retina como un resplandor, es un caballo blanco lustroso que viene galopando de frente por el medio de la ruta. Detrás lo siguen otros animales que parecen volar con las patas como si sus cascos no tocaran el pavimento. Se le ablanda el cuerpo, los hombros, el bazo, la boca y un poco, se le empieza a aflojar media sonrisa.

A Manuel se le cae la mano en el acto y la apoya boba en la palanca de cambios. El movimiento que hace parece compuesto de múltiples llegadas de sí mismo a ese momento. Pero que…  se queda en seco, ella se ríe, se ríe. ¿Qué? Parece que no entiende lo que ve y escucha, su mujer se ríe. La fracción de él que regresa la vista a la ruta descubre una masa blanca y aterciopelada justo a punto de chocar contra el capó.

 

 

Emilia Vidal. 1979. Licenciada en Ciencias Biológicas, filósofa empírica y escritora amateur en el campo de la ficción. Realizó tres años de posgrado en microbiología aplicada y es autora, y coautora, de un par de artículos científicos y un capítulo de libro. Textos suyos han sido publicados en la revista Crepúsculo y en la Revista Literaria Visor.

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